Macondo no e

s un poblado el que, cuyo asiento territorial, nos permita localizarlo en una carta geográfica; es, como tantos lo han dicho “una fantasía de piezas dispersas” de las que Gabriel García Márquez capturó algunas en Aracataca; piezas que a pesar de ser ciertas, por la fantasía de su tapizado, se muestran como creaciones de la imaginación; particular que dio origen a la línea literaria del Realismo mágico, cuyos exponentes, en Latinoamérica son, entre otros, Gabriel García Márquez y Carpentier.
Toda población, mis lectores, tiene algo de macondiano, lo que, contado oralmente o en pluma, pone de presente el realismo mágico, y, Ayapel, Aviñón de mi paso de Juez a Magistrado, no puede ser la excepción. Revisemos hechos.
Según nota de prensa, no rectificada, “Los habitantes de Ayapel corrían hacia la casa de la delegada del Ministerio de Trasportes en Córdoba. Unos para darle el pésame y otros para curiosear, pues el muerto era Lucas, su perro.
Lucas llegó en un ataúd. Llevaba 10 días de hospitalizado en una clínica veterinaria de Montería donde murió. Ante la noticia su dueña dispuso todo para que Lucas recibiera cristiana sepultura: Ataúd, velas, tinto y aromáticas. Fue velado en la sala de la casa, en medio de coronas y cirios. Se ofició la Santa Misa, y se dispuso todo para darle, a Lucas, sepultura en la finca de propiedad de su dueña, lugar hasta donde muchos mototaxistas, llevaron sus perros”. Paz en su tumba
A pocos kilómetros de llegar a Ayapel existe un punto que le llamaban “La Apartada de los Locos”. La razón: en el sector tenían finca tres ex magistrados: José Luis Abisambra, Luis Espinosa Pupo y Ladislao Márquez, caballeros, a quienes, por su inteligencia, les decían, paradójicamente, “los locos”; pues bien, la Inspectora de Palotal, doña Nicolasa Coronado, por medio de una Resolución dispuso que a partir de su vigencia, el sitio se llamará “La Apartada de los Magistrados”; el camarada Humberto Abisambra Noya, quien me refirió el caso, le anexó la siguiente cola: un caserío de Sucre, Sucre, se llamaba El Sapo y el Inspector, por Resolución lo renombró San José de Sucre y prohibió que, bajo pena de arresto, se mencionara la palabra sapo y, “el camarada”, para no violar la Resolución, al ver a uno de estos, en el patio de la Inspección, le dio cuenta al funcionario en estos términos: “Ahí hay un San José de Sucre”.
El caso con un cura es fantástico: como la feligresía no estaba conforme con él lo dejaron en la mitad de la ciénaga en una canoa y sin canalete, sobre lo que me contó además, don Canaán Abisambra, que el sacerdote, desde allá, levantó los brazos en dirección a Ayapel y se despachó así: “Ayapelanos, ayapelenses, ayapeludos, hijos del diablo, allá los pelarán”.
Y, colorín colorado, el espacio se me ha terminado.